Adicciones
Hola, me llamo Alfonso y soy un adicto.
Debo confesar que, hace tiempo, fui adicto a los exfoliantes. No es algo que me enorgullezca, pero he aquí la historia:
A lo largo de mi vida, he sufrido diversas dependencias: al cigarro, al azúcar, a las endorfinas, a una yogui… pero una de las peores fue, sin duda, a los exfoliantes.
Caminaba de regreso a casa, y una ruta fácil era atravesar Liverpool. Mi hija era apenas un bebé de pocos meses, y dormir toda la noche era un mito inalcanzable. Su madre y yo vivíamos cansados, bostezando a todas horas. Así que, al pasar junto a un stand de cremas, lociones y cosas por el estilo, me pareció un bonito detalle comprarle algo para que se relajara: quizá un aceite de masaje o una crema humectante.
Me detuve, y la chica que atendía me saludó muy amablemente. Platicamos sobre las opciones y, al final, me vendió una canasta con cuatro o cinco productos de un mismo aroma. Se veía muy bien; incluía crema, loción humectante, exfoliante, aceite para masaje y algo más que no recuerdo. Ya convencido, le dije que sí, y ella apartó la canasta a un lado antes de preguntarme: —¿Quieres probar el exfoliante? —No, gracias, es para un regalo. —Sí, lo sé, pero para que sepas qué estás regalando. Anda, pruébalo.
Dicho esto, abrió un frasco que en la tapa decía “muestra” y señaló un lavamanos que era parte de su stand. Así son estos dealers: primero te regalan el producto y luego…
Sonreí y acepté. Me puso esa sustancia aceitosa y rasposa en las manos mientras recitaba sus “bondades”. Mis manos siempre han sido las de un hombre, pero no de uno que hace cosas primitivas. Es decir, puedo dibujar, usar una cámara o una computadora, pero, ¡Dios nos libre de usar martillos o cosas que saquen callos! (Eww). Así que mis manos, normalmente suaves, empezaron a sentirse fabulosamente suavecitas. Era un sueño. Lo amé en el primer instante.
De inmediato, le pregunté todo sobre esa maravillosa sustancia. Me dijo que tenían decenas de aromas y tipos de “dureza” dependiendo de la parte del cuerpo donde se aplicaran. Yo no podía contener la emoción y comencé a comprar exfoliantes para mí: de tabaco, de lavanda… cada uno me parecía mejor que el anterior. Entonces, ella me advirtió: —Solo ten cuidado. Nunca los uses en la ducha porque puedes dejar el piso resbaloso y causar un accidente. —Sí, sí, da igual, ¡dámelos todos!
Y ahí empezó todo. Le di a Raissa su canasta, pero antes de que ella pudiera estrenar alguno de sus productos, yo ya le había robado el exfoliante de su kit, porque ya me había acabado los míos.
Como en cualquier adicción, nunca es suficiente. Y para colmo, siempre es estúpidamente caro. La vendedora me veía pasar y escarbaba entre sus cosas. —Mira, me acaba de llegar este de “moringa”. ¡No sabes qué maravilla! Y yo, sin cuestionar nada, como un zombi sin voluntad (pero con las manos más suaves del mundo), le compraba lo que me ofreciera.
En casa, se empezó a volver un problema. Raissa solo me veía llegar con bolsas y bolsas de productos que siempre le decía que eran para los dos, pero que nunca alcanzaba a probar. Mi historial de YouTube era un interminable tutorial de recetas caseras para hacer exfoliantes. Estaba viviendo el sueño de la piel perfecta hasta que, un día, bañando a Soren, casi me caigo.
Esa mañana había usado mi exfoliante en la regadera. No era la primera vez, y según yo, lo había limpiado del piso, pero evidentemente no fue así. Ponerme en riesgo era una cosa, pero esto ya había llegado demasiado lejos. Ahí mismo decidí que tenía que dejarlo.
No fue fácil. Perdí esa maravillosa suavidad en manos y codos. Y, al recordarlo, me dan ganas de correr a esas tiendas de miles de aromas mezclados.
“Dejar ir” nunca ha sido algo que me caracterice. Saber cuándo rendirme jamás ha sido mi fuerte. Aceptar que debo dejar algo que me hace feliz porque me puede hacer daño suena bien en teoría, pero en la práctica es muy complicado.
Pero así dejé de fumar, los exfoliantes y muchas otras cosas —y personas— que seguramente siempre extrañaré.




