Anacrónico
Pensamientos tardíos, misiones suicidas y una computadora que no tiene la culpa de mis ojos rojos.
Un día tuve un blog.
Escribía, subía fotos y me quejaba de todo.
Ya después me especialicé: empecé a quejarme en X, a subir fotos en Instagram y a escribir aquí.
Pero el punto es que se llamaba Anacrónico.
La palabra me gusta, y su definición es lo máximo: que adolece de anacronismo.
Siempre sentí que todo lo hacía fuera de tiempo.
Ahora mi blog ya no existe, pero mi anacronismo ha empeorado.
Lucho batallas que se perdieron hace años, e imagino futuros de pasados que terminan a cada momento.
La última misión empezó hace una semana. Se reunió todo para la tormenta perfecta: un duelo profundo, una disculpa que pensé que necesitaba decir en voz alta, Las fechas que coincidieron y —siendo la imprudencia la especialidad de la casa— me enfrasqué en un ir y venir de mensajes con quien ahora sé que es la persona más paciente del mundo.
Mi interlocutora hacía lo posible por aligerar el tono con mensajes riéndose, dejando claro que ni siquiera recordaba lo que le decía, porque no pensaba en eso desde hace mucho.
Debí entender las señales, sonreír, escapar con mi autoestima intacta.
Pero claro que no.
Desenterré cadáveres, reabrí heridas, exprimí un kilo de limón sobre cada una y terminé hecho un mar de lágrimas.
Llevo tres días escuchando que me veo cansado, que deje de trabajar tanto en la computadora, que traigo los ojos muy rojos. Y la verdad es que no es el trabajo ni el cansancio: es que he llorado tanto que los tengo hinchados.
Le conté todo a mi mejor amiga y solo me dijo:
—Claro, buscando cómo hacer drama…
Y me sentí absurdo. Por sacar de su paz a alguien que ya ni recuerda mi existencia.
Que seguro antes pensaba que era un desgraciado y ahora piensa que soy un desgraciado que llora mucho. Además, que no viene al caso.
Hacer las cosas fuera de tiempo.
Adolecer de anacronismo
es la mejor definición de mi persona.
Y pues sí, ese soy yo. ¿Se preguntan cómo llegué hasta aquí? Muy fácil:
pienso demasiado en algo, y cuando por fin lo ejecuto, me doy cuenta de que nunca incluí en el plan qué quería lograr. Y así, ya embarcado en la misión de todo o nada, todo termina en misión suicida.
Lo dije todo, lo expliqué todo. Solo olvidé considerar que ya no servía de nada.
Así que si me ven muy cansado, o con los ojos rojos de tanto trabajar en la computadora, no lo mencionen.
Solo estoy siendo yo.



