Cabo Esmeralda
Una historia de todo menos de un lugar para relajarse
Confesaré que más de una vez mi sentido del humor me ha traicionado en el peor momento.
Aunque sé que no debería, me resulta irresistible reírme.
Hace un año, en uno de los días más duros de mi vida, mi madre se recuperaba de una cirugía. La doctora fue a verla y me llamó al cuarto donde le hacían la limpieza de la herida (que era horrible). Me dijo:
—Vamos a dar de alta a tu mamá y es necesario que esta herida se lave diariamente. Mira, con agua y jabón vas a limpiar del centro hacia afuera, y después…
Durante cinco minutos continuó con una terrible serie de indicaciones:
—Si puedes hacerlo dos o hasta tres veces al día, sería lo ideal.
No sé qué cara hice, pero solo atiné a decir:
—Eso no va a pasar.
—No te dé miedo, es más fácil de lo que imaginas.
—Por supuesto no es miedo.
Es tristeza por ver a alguien que quiero tanto ser sometida a esta mini tortura varias veces al día.
No me da miedo. Durante años hice fotografía forense, participé en muchas autopsias, hice peritajes en lugares de los hechos…
Si en este momento te cortan un brazo, no tengo problema en levantarlo, sacudirlo y meterlo en hielo.
Pero es mi madre.
Y si le duele, se va a voltear y darme un zape.
Cosa que no hace con ustedes.
Todo eso lo pensé.
Y solo dije:
—Ya lo resolveremos, pero no creo hacerlo yo.
La doctora salió y se quedó conmigo una enfermera que me había ayudado mucho esa semana. Yo, por supuesto, ya les había llevado a todas donas y regalitos, para que me ubicaran, y era el más amable con ellas. Me miró contemplando mi conflicto interno y me preguntó:
—¿Qué planeas hacer?
—Llamaré a una amiga que es enfermera y le pediré consejo. También tengo visto un servicio de acompañantes para personas mayores, pero no sé si ellos pueden encargarse de la limpieza de la herida. Así que los llamaré para preguntar si pueden o si necesito contratar a alguien más especializado.
Ella se quedó callada unos segundos y luego me dijo:
—Yo te puedo conseguir a alguien que vaya a tu casa. Es más, dependiendo del horario, quizá podría ir yo.
La miré con agradecimiento, porque mi madre era muuuuy complicada para dejar que la ayudaran, y sin embargo, de todas las enfermeras con quienes habíamos tratado esa semana, esta era por mucho su favorita.
—¡Gracias! Me interesa mucho. Sería increíble que lo hicieras tú.
—Te dejo mis datos. ¿Te acuerdas? Me llamo Esmeralda…
Por supuesto que me acordaba. Aunque soy malo con los nombres, había pasado toda la semana memorizando los de todos en el hospital para hablarles por su nombre y así ganarme un poco de buena voluntad.
Además, recordar “Esmeralda” era fácil. Sonaba a Disney.
Pero como buena enfermera militar, de inmediato me dijo su rango:
—Esmeralda. Cabo Esmeralda.
¡No mames! Esta mujer tenía nombre de lugar turístico y estaba a punto de soltar la carcajada, pero ella lo dijo tan en serio que resistí y solo dije:
—Dame tu whatsapp.
Y así quedó guardada en mi celular:
Cabo Esmeralda.
Una situación horrible, en un lugar tan rudo como el hospital militar, parecerían el último sitio donde encontrar un paquete tan completo.
No fue vacacional, claro, pero cada vez que me llegaba un mensaje de ella no podía dejar de pensar en un cartel con palmeras y sonreír, además su presencia fue siempre un oasis en esos días tan complicados.



