Celos
He tenido la suerte de mantener a la gente celosa lejos de mí. Salvo un par de desafortunadas excepciones...
Los mejores "dramas" por celos fueron de mi hija Soren. El primero ocurrió cuando ella tenía tan solo 4 años. Invitamos a su amiga Cora a comer a casa, y en la tarde cometí el "error" de decirle:
—Qué linda es tu amiga Cora.
—Pues si te gusta tanto, cásate con ella —me respondió, saliendo corriendo de la casa.
Me reí porque teníamos vigilancia en la entrada y planeábamos salir, así que en realidad solo se estaba adelantando unos pasos. Me acercaba a la entrada, el vigilante abrió la puerta para unos vecinos que venían llegando, y Soren salió disparada a la calle. Se me cortó la risa en seco y corrí para alcanzarla. Al llegar a la calle, ahí estaba Soren junto a la puerta, esperándome. Al verme salir corriendo desesperado, me dijo: "¿A verdad?"
Poco después, la tenía cargada en una plaza comercial. Me puso la mano sobre la cara y dijo: "¡Tú no sonrías!" Ya después se le pasó la locura, y ahora le da igual lo que hago.
Recordaba esto esta mañana antes de salir a la rodada dominical. Después de unas horas, llegué a un café. Me senté en una mesa en la banqueta y levanté la vista para buscar a algún mesero que pudiera tomar mi orden. Una chica vestida completamente de negro estaba de pie en la puerta del café y me miraba mientras me instalaba, dejaba mi cámara, me quitaba los guantes de la bici y me sentaba. La miré, le sonreí, y ella me devolvió la sonrisa. En la Condesa, cualquiera puede ser tu mesero. Ella avanzó unos pasos hacia mí y luego se dirigió hacia el parque.
Ups, aún necesitaba un mesero, así que seguí buscando hasta que llegó otra chica, también vestida de negro pero con un mandil muy mono, y me entregó la carta. Platicamos sobre su cold brew y su americano con hielos, y decidimos.
Me sumergí en mi cámara para ver lo que había tomado hasta ese momento. De pronto, una persona se paró junto a mí, a centímetros de distancia.
—Hola —dijo.
Levanté la vista y era la chica de negro.
—Nos quedamos mirando, sonreímos, y quería presentarme. Me llamo ____ (por supuesto, ya olvidé cómo se llama).
—Hola, yo soy Alfonso.
—No sé, quizá nos conocemos.
—Supongo que es posible...
—Pues mucho gusto, bye.
Y desapareció.
Lo que más he disfrutado siempre de vivir en la Ciudad de México es la posibilidad de ser invisible. Salir sin ver ni conocer a nadie. Y como bien me dijo Soren: "¡Tú no sonrías!" Eso sólo trae interacciones inesperadas.




