Círculos abiertos
(o cómo un demonio aprende que el hielo también quema)
Llevo tiempo adorando una hermosa escultura de hielo,
con muslos perfectos
y una sonrisa que irradia amor.
Qué malo soy entendiendo lo evidente.
Nunca me detuve a pensar
la terrible incongruencia
de que, a pesar de su material,
yo venía a ella para recibir calor,
sin tener jamás contacto alguno.
Para colmo, me sonó lógico
que se marchara a tierras lejanas y frías,
llenas de nevadas y días cortos sin sol.
Quizá, en el fondo, pensé
que ella les llevaría calor.
El color de su pelo
siempre delató al sol
que lleva atrapado dentro.
Qué malo soy
leyendo sus inscripciones.
Está llena de ellas.
Una es serpiente
y le duele.
Yo vi cuando apareció en su brazo y, para mí,
es la memoria de un día feliz a su lado.
Qué malo soy leyendo incluso
a este hermoso sol congelado,
que narra, día tras día,
su historia
en círculos abiertos.
Soy malo en eso
y en muchas otras cosas.
La ventaja de ser un demonio
es poder abrazar una estrella
sin quemarse.



