Cómo elegir protagonista en una sala llena de ideas
No siempre es la más elocuente. A veces es solo quien escucha con cuidado.
A veces, una reunión de trabajo no es solo una reunión.
Llega un grupo. Todas opinan, todas saben, todas proponen. Y entonces, algo cambia. No por lo que dicen, sino por cómo escuchan. Porque eso es lo raro: que escuchen.
Quienes trabajamos en la revisión de ideas sabemos que el primer impulso de quien propone algo es defenderlo con uñas, dientes, y argumentos que a veces rozan lo absurdo.
Entre menos certeza se tiene, más violencia se despliega para proteger esa propuesta inicial que no llegará a ningún lado.
Pero si alguien escucha —y deja que la duda entre—, algo se siente distinto.
Nace la esperanza de crear algo que prospere.
Entonces, necesitamos identificar quién es el protagonista.
No del proyecto, no de la presentación: del momento.
Es una vieja regla de guión: hay que salvar al gato.
En los primeros minutos de una película, el o la protagonista hace algo que genera empatía. Salva a un gato, ayuda a alguien, comete un error que entendemos. Algo mínimo, pero definitivo.
En esa reunión, entre comentarios técnicos, miradas cómplices y algunas risas inesperadas, ella llegó con muletas.
Sonrió.
Llevó el ritmo.
Y sin necesidad de nombrarlo, sabemos que el resto son extras, y que la principal es esa persona.
Los proyectos suelen tener estructura, calendario, entregables, y un chat grupal donde todo se disuelve.
Pero para qué perder el tiempo: mejor mandar un mensaje directo.
Porque hay algo claro: quieres trabajar así, con alguien que entienda el gesto, la pausa, la pregunta que no se escribió.
Y luego pasa lo inevitable: el proyecto se convierte en excusa.
Ya no se trata solo de avanzar.
Se trata de escuchar lo que esa persona tiene para decir, incluso cuando no tiene que ver con el entregable.
Y entonces, de forma muy poco estratégica, uno empieza a dedicarle tiempo no al proyecto… sino a ella.
¿Es una mala idea? Seguramente sí.
¿Pero qué más da?
Si seguramente no pasará nada...
¿O sí?
Quizá sí.
Y ahí es cuando te das cuenta: es necesario revisar esa primera reunión.
Porque quizá solo era la primera escena de otra historia.
Una en la que, aunque había ocho personas en la sala, el proyecto nunca fue el que tú pensaste.




