Detenerse (a tiempo)
Si algo vale la pena, ¿por qué no llevarlo al límite? O eso pensaba, hasta que Noctón me dio esa terrible lección.
No siempre sé cuándo detenerme.
Muchas veces debería abandonar un proyecto, pero se me ocurre otra solución que quizá funcione, y así podría pasar una eternidad, gastando energía en guerras perdidas que no me llevarán a ningún lado.
A finales del siglo pasado lanzaron en México un juguete. Era enemigo de Kid Acero, un alienígena verde, pero eso no era lo único.
Además de una bata plateada, ¡su cabeza brillaba en la oscuridad!
Como cualquier material fosforescente, era menester mantenerlo cerca de alguna fuente lumínica para después apagar las luces y ver esa mágica cabeza flotando en el cuarto totalmente negro.
No puedo decir cuánto deseaba ese juguete ni la infinita emoción que sentí al recibirlo.
Después de la explicación de que debía acercarlo a la ventana para que se “cargara”, ya podía correr a mi cuarto y, bajo las cobijas, ver la cabeza flotar durante un par de minutos, hasta que se “apagaba” y se repetía la operación de manera ininterrumpida hasta la náusea.
No tardé en entender que, entre más brillante fuera la fuente de luz, más brillaba, y que además la cabeza duraba más tiempo en la oscuridad.
Cuando finalmente el sol se ocultó, mi papá me explicó que también podía “cargarlo” acercándolo a mi lámpara.
La pequeña lámpara de mi buró era naranja y tenía un foco muy tenue, que yo mantenía prendido toda la noche porque miedoso.
Así que jugué hasta que fue la hora de dormir.
Entonces me llegó la mejor idea:
si dejaba al muñeco muy cerquita de mi lámpara de noche y recibía la luz durante todas mis horas de sueño, pues seguramente a la mañana siguiente sería lo más increíble. ¡Le brillaría la cabeza hasta bajo la luz solar!
Me imaginé que sería como un faro reflector.
Así que me acosté, prendí mi lámpara y recargué la cabeza de mi muñeco contra el foco de filamento.
Aún recuerdo que lo vi antes de cerrar los ojos y sonreí, satisfecho de mis grandes ideas.
Todos saben que, si estoy escribiendo esto, es porque no morí en mi casa incendiada.
Bueno… mi casa no se incendió, pero la cabeza de Noctón se derritió. Y lo hizo sobre el foco.
Un humo negro y el olor a quemado alertaron a todos. A medianoche llegaron a mi cuarto y yo solo recuerdo que mi muñeco sin cabeza yacía en el buró,
y la lámpara tenía una cabeza luminosa por foco.
La cara de Noctón no se había derretido: se había transferido al foco.
Era como si fuera una funda, y con el foco prendido se veían las facciones.
El foco era la nueva cabeza.
No puedo decirles lo mucho que me regañaron.
Y yo lloraba…
Lo único que lamentaba era que había perdido mi nuevo juguete favorito en menos de 24 horas,
lo que era un verdadero récord, ¡incluso para mí!
Fui feliz… y lo eché a perder.
No pude haber tenido más de cinco años, y recuerdo perfecto el foco con la cara de mi juguete.
Mi plan era perfecto.
Simplemente no me detuve a tiempo.




