El café, la calle y el caos
La ciudad insiste en que no olvidemos. Aunque no siempre sepamos qué recordar.
Un bebé a mi lado aún no cumple un año y ya va vestido con traje beige y camisa vino. Su padre, orgulloso —y vestido igual— lo ayuda a dar pequeños pasos. Luego se sienta y lo pone sobre su pierna: ahora sí parecen un show de ventriloquia.
Es fin de semana en la Roma. Pasé junto a un palo con un tenis y a un sujeto que podía olerse a dos calles de distancia. Los grafitis se especializan en la lucha contra la gentrificación, con un odio exaltado —anti gringo— que no había visto antes.
Me siento en un café al que venía a ver a alguien. Era nuestro punto de encuentro.
Los espacios se contaminan con la gente.
Y cada vez que los habitamos, nos enfrentamos a la imposibilidad de recordarlas del todo.
O quizá solo es la edad.
O la música.
No sé.
Ahora los de la CFE cierran la calle para arreglar algo y la glorieta se convierte en caos en cuestión de minutos.
Creo que seguiré caminando.




