El elegido
"Sacarse la rifa del tigre", le llaman. Es esa habilidad para que te toque hacer eso, precisamente eso, que nadie quería hacer de todas formas.
Siempre he sabido que no existe “la buena suerte”; ni amuletos ni dijes arreglan o cambian aquello que las variables, que sin importar si podemos calcular o no, ya determinaron. Y sin embargo, siempre he dicho que soy una persona con buena suerte. No por contradecir mi certeza, sino más como una manera de expresar que, en términos generales, logro tener la claridad para aprovechar todas las posibilidades que juegan a mi favor.
Pero no siempre es así. A veces me “toca” estar donde no estaba listo para estar.
Hoy murió el padre de una buena amiga y lamenté mucho su pérdida. Vi los post que subió, y desenterró poco a poco recuerdos que están ahí, tan frescos como ayer. Si todo sale como “se supone”, todos enterraremos a nuestros padres, y sin importar qué tan “natural” sea esto, es impresionante lo poco preparados que estamos para ello (tanatólogos, ustedes no se metan).
Hace ya 30 años, mi padre sufrió un paro respiratorio. La única presente era mi madre, quien ya estaba camino al hospital con él porque se sentía mal. Aún cerca de la casa y por lo abrupto del evento, solo lograron llegar al centro médico. Ella nos localizó, y mi hermana y yo llegamos a terapia intensiva.
Mi papá perdió la consciencia, fue entubado y mi madre no se le despegó hasta la noche, cuando me pidió que me quedara con él en lo que ella iba a la casa por sus cosas para enfrentar esta crisis.
Durante ese tiempo, mi papá “despertó” y se descubrió en un lugar extraño, entubado, y empezó a agitarse. Corrí hacia él, le di la mano y le expliqué, lo mejor que pude, la situación. Se tranquilizó, le pedí que fuera fuerte y que le “echara ganas” porque las cosas estaban complicadas. Él apretó mi mano, se durmió, y esa fue la última vez que estuvo consciente.
Mi mamá llegó, le conté y no se le despegó ni un segundo durante toda la semana. Mi hermana y yo íbamos y veníamos, pero mi mamá no se movía de su lado, hasta una semana después en la que me llamó en la mañana y me dijo: "Ven, por favor, necesito ir a la casa por unos papeles, me cambio de ropa y regreso". Llegué al hospital, entré a su cubículo donde mi papá seguía como lo había dejado: inconsciente, intubado y lleno de sondas y cables.
Mi mamá salió y me dijo que no tardaba más de media hora.
Me senté y me puse a hablar en voz alta con mi papá. A los 10 minutos entró en paro. Pedí ayuda de inmediato a los médicos, y muchos entraron corriendo. Pasaron un rato en el cuarto mientras yo esperaba afuera lo que me parecieron siglos.
Salieron poco a poco, ya sin ninguna prisa, y el médico a cargo me dijo que no había nada más que hacer.
Pasé solo al cuarto, donde ya no se escuchaban las máquinas, ni el respirador, ni el bip del ritmo cardíaco. El cuerpo estaba totalmente cubierto con la sábana blanca. Me senté a su lado a llorar, lloré muchísimo, lloré varios minutos con una tristeza que afortunadamente no he vuelto a sentir. Salí del cuarto, me enjugué las lágrimas y fui a llamar a todo el mundo para organizar el caos que inició ese día.
Tardé casi 10 años en volver a llorar. Después, ya nada me parecía tan triste como para hacerlo, pero sobre mi pésima manera de resolver duelos ya les contaré en otro escrito.
Mucha gente me dice: “Tu papá eligió estar contigo en ese momento.” ¡No inventen! Yo no quería ese “regalo” y no estaba ni remotamente preparado para él.
Supongo que fue “suerte”; a mí me tocó estar ahí. Pero ahora, 30 años después, yo elijo estar aquí junto a mi madre, y aunque espero que pasen muchos años más. Aquí estaré, junto a ella cuando tenga que partir, y aunque sigo sin estar listo, al menos esta vez es mi decisión.



