El otro camino
No es rebeldía, es algo de curiosidad. (Bueno… y un poco de drama)
Elige:
Puedes ser prudente, avanzar poco a poco por el camino seguro, ese que eventualmente te garantiza el éxito.
O puedes tomar el otro: igual de largo, pero lleno de bestias salvajes, acantilados peligrosos y la posibilidad constante de que todo se arruine en cualquier momento.
Por supuesto, yo elijo el segundo.
-No lo hagas. Sufrirás innecesariamente. Mil generaciones ya lo recorrieron, y por eso trazaron el primero.
-No gracias, me late que el segundo será mejor.
Esa es la historia de mi vida.
Y no me subestimen: mis errores no nacen (necesariamente) de la ignorancia.
La mayoría de las veces conozco bien las opciones, las consecuencias, pero una voz dentro de mí pregunta:
¿Y si lo intentamos distinto?
Y ahí empieza el drama.
Me meto en problemas innecesarios.
Decepciono a gente que “jamás esperó que yo…”
Y muchas otras cosas así.
¿Y si las cosas se hicieran distinto?
¿Y si no hiciéramos lo que esperan de nosotros?
¿Y si amáramos más?
¿O antes? ¿O después? ¿O a quien se supone que no debemos?
¿Y si se lo digo?
¿Y si no me callo?
¿Y si lo acepto?
Cada día me importa menos hacer lo que esperan de mí,
y me importa más hacer lo que considero correcto.
Ni rehén de lo social, ni de falsas expectativas, ni preocupado por quedar bien.
Y así ando por la vida, mortificando a quienes me quieren con mis decisiones anacrónicas y extremas, que nunca son lo que deberían.
Lo siento, amigos.
¿Quién los manda tener gustos tan raros en su elección de amistades?



