Exceso de equipaje
Lo que pesa no siempre está en la maleta.
Tarde o temprano uno aprende que no se puede correr de los problemas.
Cambiamos de trabajo, de pareja, de casa, de ciudad e incluso de país con la esperanza de dejar atrás aquello que nos lastima… solo para descubrir que el problema venía con nosotros.
Es como esos videos donde alguien amarra una víbora con un hilo para espantar a otra persona: lo ves correr como loco, con la serpiente siempre a la misma distancia, sin importar cuánto intente acelerar.
Y sin embargo, el contexto sí importa.
Muchas veces mi madre me decía —siempre mientras pagaba o revisaba los papeles de su seguro de vida—:
“Cuando muera, este dinero no les va a quitar lo triste ni a ti ni a tu hermana… pero nunca será lo mismo estar tristes en su cama que en la Riviera francesa”.
Desde la adolescencia dejé de hacerle caso a mis padres y lo mantuve casi como una religión hasta sus muertes.
Pero hoy, que se cumple un año de que mi mamá murió, decidí romper con esa costumbre y hacerle caso, aunque sea de manera parcial.
Tomé algo de “ese” dinero y compré boletos para Cartagena.
Así que aquí estoy, comprobando que no, no se puede correr de las serpientes que uno lleva atadas… pero sí se puede sentar con ellas a ver un atardecer hermoso, o a cenar colas de langosta 🦞.
Aquí estamos: mis miedos, mis tristezas y mis problemas… conmigo, con las personas que yo elegí, disfrutando de un bello sitio y un maravilloso café.
Gracias, mamá.
Siempre te voy a extrañar.




