Las mujeres en mi vida
Cada una dejó algo, incluso quien vino a quitarlo todo.
Siempre han sido perfectas. Ninguna podría decir que fue mejor que otra. Cada una cumplió un papel muy específico a mi lado.
Mientras estudiaba, en esos años donde nada me parecía más importante que mejorar, aprender y crecer, me acompañó —sin duda— la mujer más paciente y buena del mundo. Nunca fue un problema para ella que pasara semanas encerrado en un proyecto o que cancelara cualquier plan social por el simple gusto de descubrir algo nuevo.
Ya titulado, al inicio de mi carrera profesional, mi compañera fue brutalmente ambiciosa. Junto a ella entré a grandes corporativos y trabajé con marcas internacionales.
Después, la mujer más estable, preparada y guapa fue la madre de mi hija.
Más adelante, en una etapa de depresión, quien salvó mi amor por la vida fue una joven estridente, divertida, con un enorme entusiasmo por todo.
Y luego, todo se colapsó.
Falló esa intuición que siempre me había acompañado. Me enamoré de alguien que simplemente activó la herida más profunda de mi persona: la sensación de no ser suficiente.
Y claro, no lo fui.
Ya han pasado casi tres años de eso, y si he de asignarle un papel en mi vida, no será el de haberme hecho retirarme del mercado, sino el de haberme enseñado que puedo estar bien, incluso cuando nadie me acompaña.



