Lo que no se hereda se hurta
El amor por discutir, también se hereda.
Anoche discutía con Soren y me maravilló verla defender sus ideas, girar el argumento y explorar nuevas perspectivas sin quedarse callada. Inmediatamente pensé que esa pasión por debatir la habría heredado de su mamá… hasta que recordé a mi padre.
De niño entré al cuarto de mis padres buscando algo y lo encontré al teléfono, con la radio de fondo. Ajustó la voz e impuso su mejor acento:
—Hola, habla José Luis Fernández, plomero, y opino que…—
Me reí de su transformación de ingeniero a plomero y salí del cuarto sin encontrar lo que buscaba.
Minutos después regresé y lo vi de nuevo al teléfono, esta vez con su voz habitual:
—Yo opino que ese tal José Luis, el plomero, no tiene idea de lo que dice. Se equivoca en esto y en esto…—
Quedé petrificado al descubrir su “pasatiempo”: intervenir en un programa de radio para argumentar y luego contraargumentar… él solo.
Años más tarde, comí con la que entonces era mi novia y mi jefe. Pasamos toda la comida debatiendo tatuajes, falta de criterio ajeno y hasta la condena que merecen los intolerantes. Al despedirnos, ella me preguntó si de verdad creía en alguno de esos puntos. Le confesé que no: solo argumenté cada postura por diversión, aunque en el fondo compartía muchas de sus ideas. Su cara de asombro me dejó claro que para ella defender algo sin creerlo era impensable.
Supongo que debo de aceptar que el amor por discutir QUIZÁ viene de “mi lado de la familia”.




