Nada te queda
Mi vida estaba arruinada.
Tenía cinco años y ya no tenía futuro.
Siendo un niño sano de finales del siglo pasado, crecía y crecía.
La ropa, los zapatos, toda la ropa se iba quedando.
Y una mañana mi madre me dijo:
—Ay… no puede ser.
Ya no te queda esta playera, ¡y esta es nueva!
Ya no tienes nada de ropa, Alfonso.
Estás creciendo muy rápido, qué bárbaro.
Tomó otra, me enfundó en ella y salió de mi cuarto.
Yo me quedé ahí.
Sin saber qué hacer.
¡Mi vida estaba arruinada!
Ya no tengo nada de ropa.
¿Cómo iré a pedir trabajo?
¿Con qué ropa?
¿Cómo podré casarme?
Caí en la cama y me puse a llorar.
Me imaginé con esa playera como mi única ropa.
Sin más opciones.
Y lloré por largo rato.
Hasta que mi mamá volvió y me preguntó qué tenía.
Le expliqué que yo no lo hacía a propósito.
Que no era mi intención crecer tanto.
Y que me preocupaba qué usaría en mi primera entrevista de trabajo.
Ella murió de la risa.
Se lo contó a mi papá.
Ambos murieron de risa.
Y ya después…
me compraron más ropa.
Creo que lo peor es que ahora, casi medio siglo después,
aún no he ido a ninguna entrevista de trabajo
ni me he casado.
No cabe duda:
no debí decirle por qué lloraba.




Es que ese niño pensaba en grande, amo las anécdotas de tu niñez ♥️