Niño fantasma
Si alguien te cuenta que vio pasar a un niño que se paraba frente a los murales y después desaparecía, no está mintiendo.
En mi mítica infancia, una vez estaba en un parque con una pista de patinaje de concreto, muy sólida. Comenzó a llover y la pista se volvió muy resbaladiza, lo suficiente como para que me cayera, golpeara la cabeza y perdiera el sentido. Me pegué horrible y me llevaron cargando a casa, donde mi madre, aterrorizada, me llevó al hospital infantil en el Centro Médico. No solo por la cercanía a la casa, sino porque mi prima, que venía de Veracruz, era trabajadora social allí.
Desperté todo confundido y resultó que no tenía nada grave. Digo, quedé medio tonto, pero fuera de eso, todo bien. Para garantizar el diagnóstico, me programaron una serie de electroencefalogramas. La bronca con los electros es que, para que salgan bien, tienes que estar despierto desde las 12 de la noche hasta las 9 de la mañana, que es cuando te los hacen.
A los 6 o 7 años, eso me pareció emocionante porque nunca había pasado una noche sin dormir. Consentido como era, me equiparon con un Nintendo, una videocasetera y todo lo que necesitaba para mantenerme despierto. Atribuyo a esta serie de electros mi gusto por desvelarme.
Pasaba horas jugando y viendo películas, pero cuando ya no podía más de sueño, a eso de las 2 de la mañana, le decía a mi mamá y ella me llevaba al hospital. Allí me quedaba con mi prima, quien siempre emparejaba mis estudios con los días en que tenía guardia para facilitar la logística. Así que llegaba al hospital infantil y pasaba allí las últimas horas.
El hospital infantil es feo como todos los hospitales, pero tiene una gran ventaja, una que yo amaba profundamente: tiene murales de Diego Rivera, incluyendo el de la piñata, con los niños en la posada, que me parece una de las cosas más bonitas que hizo. O quizá solo me encantan porque pude pasar horas frente a ellos, analizando cada pequeño detalle. Recuerdo que me aburría mucho en el cubículo de mi prima Bety, así que cuando se ocupaba o distraía, yo aprovechaba para salir discretamente y subir por la rampa sin que nadie me viera, para deambular por el hospital, siempre pasando primero a la planta alta para ver los murales.
La misión no era fácil; tenía que ser discreto y no llamar la atención. Si alguien me veía, llamaban a vigilancia y me llevaban de regreso al cubículo de mi prima. Así que evitaba las zonas con gente y me escondía en las salas de espera vacías. Si alguien me veía pasar y salía a buscarme, me escondía hasta que se fueran, aprovechando la ventaja de caber en todos lados.
Pasó mucho tiempo hasta que me di cuenta de que probablemente espantaba a mucha gente. Solo veían a un niño pasar corriendo solo a las 3:30 de la mañana, y después, al seguirlo, descubrían que había desaparecido. Seguro se preguntaban: ¿qué hace un niño solo en este hospital? Por supuesto, ¡es un niño fantasma! De los muchos que han muerto aquí.
Nadie pensaría que era un niño que subía a ver un mural de Diego Rivera porque amaba al niño llorando o la jícama y la caña cayendo de la piñata. Nadie pensaría en un mini nerd. No, por supuesto, ¡es un fantasma! El pensamiento mágico antes que nada.
Así que oficialmente, de niño fui un fantasma de hospital. Si alguien te cuenta que vio pasar a un niño que se paraba frente a los murales y después desaparecía, no está mintiendo.




