Pokémon, yo te elijo
En algún momento de la historia las abuelitas tejían chambritas y coleccionaban figuras de porcelana. Hoy las abuelitas hacen sudokus y los abuelos coleccionan funkos.
Y, por supuesto, algunos aún juegan Pokémon.
Las apps de citas existen como una realidad en la vida de los millennials, pero como un outlet en la vida de la generación X. Y no me malinterpreten, no digo que alguien de la generación X no pueda encontrar algo “bueno”. Pero se requiere la misma suerte y el mismo ocio que ponerse a buscar ropa decente entre la ropa de paca.
Hace un par de meses me quejaba, como suelo hacerlo siempre, con mi amada Fer, sobre la falta de habilidad y, sobre todo, la hueva del encargado de escribir la historia de mi vida.
Que en lugar de meter nuevos personajes estaba reviviendo a algunos que habían muerto desde la primera temporada.
Ella, que elige de manera absolutamente aleatoria cuándo se ríe de mis bromas y cuándo las usa para descalabrarme, eligió esta segunda opción.
Me recordó que yo era el “jardinero de mi historia” y que mientras yo siguiera retirado no entendía por qué me sorprendía que no apareciera nadie nuevo en las tramas.
Sonreí.
Me fui sobando la descalabrada y el argumento.
Quizá ya era momento de meter nuevos personajes a esta temporada de la serie.
Así que, como buen ancianito amante de Pokémon, abrí Bumble.
Lo más parecido al juego: vas capturando monstruos, los clasificas, los acumulas y, con suerte, alguno evoluciona.
Hice mi perfil con fotos y textos que simularan que soy alguien normal y obtuve treinta likes en los primeros dos días.
Me dedico a hacer contenido en redes, así que asumí que eso podía mejorar.
Cambié las fotos. Añadí una con mis gatos y dos más con Soren.
Puse todo en torno a mi amor por el arte y los museos y, en tres días, setenta likes más.
Esto se estaba poniendo divertido.
El problema era que detrás de cada perfil, aparentemente, había humanos esperando interactuar.
Y eso sí no me causaba ningún interés.
Arrastraba hacia la izquierda una y otra vez y veía cómo se iban reduciendo los matches potenciales. Algunos me daban mucha risa. Otros, casi pena.
Encontré a las mamás de las amigas de Soren y dudé si debía darles like por educación. Me reí solo y seguí deslizando a la izquierda.
Y no me malinterpreten, no porque no viera mujeres atractivas o interesantes, sino porque en realidad no quería conocer a nadie.
Me di cuenta de que solo estaba perdiendo el tiempo.
Así que lo pensé bien y empecé a dar a la derecha.
Y los matches empezaron a surgir.
Ay, Dios mío.
Qué horror.
O qué error.
¿Y a ti… te gusta algo?
¿Cuándo nos vemos?
Hola, vivo en Toluca, pero no estamos lejos.
Por supuesto, solo logré fingir entusiasmo durante una semana.
Al final de ella solo había dos personas.
Una mujer de Pensilvania dedicada a los derechos humanos, que vivía en México desde hacía un año.
Y una francesa que estaría aquí, al menos, otro año.
Yo, que siempre he consumido local, ahora no había logrado sintonizar con los procesos sociales que se esperaban de mí.
Solo una de ellas llegó a WhatsApp. La vi una vez.
Solo para darme cuenta de que tener zombis en las nuevas temporadas quizá no esté tan mal.
Nunca había tenido una primera cita tan mala.
Pero si bien no queremos que esta nueva temporada se convierta en Zombieland y regresen de entre los muertos todas aquellas personas que ya cumplieron sus procesos de duelo completos, creo que bien podríamos vivir con una temporada minimalista.
Una temporada hecha con la gente que tenemos cerca.
Con la gente cuya compañía, aunque no haga ruido, nos hace profundamente felices.
Al final, mi queja original nunca fue que faltaran personajes nuevos.
Era que aparecieran personajes que ya habían muerto.
Personajes que no esperábamos volver a ver.
La queja nunca fue que los que están hoy aquí no fueran suficientes.




