Por qué me quité del vicio
O cómo terminé con intolerancia
Una mujer dorada como el sol me enseñó, con su partida, que no puedes perder lo que nunca fue tuyo.
Pensé que eso era triste, y fue entonces cuando una mujer roja sonrió y me demostró que sí: que incluso puedes perder aquello que jamás fue tuyo.
Del otro lado del planeta puso nombre a lo que no existía, solo para poder exorcizarlo.
Convencido de que mi capacidad de amar había muerto en un acto inconsciente de autosabotaje, busqué a la mujer más hermosa, cuyos dogmas, estatus e ideología la pusieran más allá de mi alcance.
Para que, al intentar enamorarla —y fracasar—, pudiera comprobar lo que ya sabía: que nadie podía quererme de nuevo.
Pero al destino le encanta llevarme la contra.
Así que vivimos un maravilloso e intenso romance destinado al fracaso.
Y el destino se cumplió.
Otro sello más en mi tarjeta de cliente frecuente de duelos horribles.
Después se sucedieron malas elecciones disfrazadas de romances.
Confirmaciones de lo evidente:
Ya no tengo nada que hacer en este juego.
Supongo que a mí el exceso de azúcar no me hizo intolerante a la insulina, sino a las relaciones de pareja.



