Sabiduría
Estoy convencido de que en unos años dejaremos de hablar de la famosa “sabiduría de los ancianos”. Entre más me acerco a ese gremio, más claro tengo que no entiendo nada. La ruta a la “sabiduría” me parecía más corta cuando era adolescente; ahora, en la madurez, me pierdo en cada curva.
Dudo de lo que por años defendí. Me incomoda la seguridad con la que algunos hablan, como si el mundo necesitara otro dogma. Mis amigos, por ejemplo, mientras envejecen se suben a un podio invisible y desde ahí lanzan sentencias que, fuera de su mesa de café, son una broma.
Tal vez nunca hubo tal cosa como “sabiduría”. Lo que hacemos es especializarnos: unos se vuelven expertos en necedad, otros en repetir consignas, y unos cuantos en escuchar lo que nadie quería oír.
Yo, por mi parte, sigo acumulando dudas como si fueran estampitas. Y sospecho que el verdadero lujo de hacerse viejo es ése: poder confesar que no sabemos nada y aún así seguir opinando, aunque sea a medias.
Al final, quizá la sabiduría consista en repetir la misma anécdota 10 veces a los amigos,
cambiando sólo la entonación.
Mientras ellos sólo sonríen con paciencia.





Siento que la sabiduría es más nuestro aprendizaje a lo largo de los años. Como cuando te muerde el perro de la esquina, y ya sabes que no tienes que volver a pasar por ahí, entonces le adviertes a los demás cada que van a tomar ése camino. Más allá de la edad, es el ser culto. Si no fuiste culto y nunca analizaste las etapas de tu vida, entonces nunca tendrás sabiduría, porque nunca sabrás qué compartir con los demás más que un chiste rancio que aprendiste a los 17.