Según recuerdo
Tener buena memoria no siempre fue una maldición. En aquella mítica infancia, me parecía muy divertido. Recordar cosas era fácil. Incluso en este sistema educativo donde se premia la buena memoria más que el entendimiento, la escuela me parecía un día en la playa.
Tenía yo apenas tres años cuando, para dormir, me leían una y otra vez las mismas historias de un libro de pasta dura roja que tenía muchos, muchos cuentos infantiles.
El dedo de mi mamá recorría las palabras y señalaba las ilustraciones que yo miraba con atención, hasta que me ganaba el sueño.
Hasta que un día llegó mi madrina de visita, una mujer que yo adoraba y a quien, ya sin más forma de llamar su atención, le extendí la mano y le dije: "Ven, te voy a leer un cuento". La llevé a mi cuarto, me senté en sus piernas, agarré el libro rojo, lo abrí en mi historia favorita y, con mi pequeño dedo, repetí de memoria la historia que me habían leído en otras ocasiones. Por supuesto, hacía pausas y volteaba la hoja en el momento exacto, ante la atónita mirada de admiración de Korina, quien no podía creerlo de asombro.
Terminé de “leer” ocho o nueve páginas y ella fue a decirle a mi mamá lo increíble que le parecía que no solo ya supiera leer, sino que además lo hiciera con tanta fluidez. "Alfonso no sabe leer", contestó mi mamá sin tener idea de qué le hablaban, y yo me escabullí antes de que se me confrontara.
Recordar tantas cosas y con tanta precisión no siempre es bueno. Hay tantas cosas que me gustaría olvidar y, sin embargo, ahí están, sin desaparecer, sin desdibujarse.
Recuerdo muchos cuentos, diálogos de películas y mentiras.
Y hoy, como dijo mi abogada, traicionando al pequeño Alfonso con anillos de Batman, he olvidado para qué sirve la compañía.
Supongo que con la edad finalmente se libra uno de la memoria.



