Yo Claudio
Se burlan de lo feral de la infancia de la generación X y me ofende, hasta que recuerdo que mi primer circuito eléctrico, con todo y explosión de foco, lo hice en el jardín de niños…
Estábamos sentados en el pasto, niños y niñas, haciendo aviones de papel, verdaderos bodrios que caían al instante. Quizá por la falta de coordinación motriz fina, quizá porque doblar papel sobre el pasto sea bastante bestia. Pero el resultado eran aviones de solo 3 o 5 dobleces que caían al instante, lo cual no mellaba nuestro entusiasmo, lo que demuestra que nuestra imaginación estaba en mucho mejor estado que nuestras habilidades motrices.
De pronto, a lo lejos, vi volar un avión con la punta “chata” doblada hacia adentro del avioncito y, además, mientras volaba, ¡iba soltando pasto! Como si fuera un avión a propulsión. No lo podía creer. Inmediatamente me desprendí del grupo de mediocres ingenieros en aerodinámica que me rodeaban y busqué al responsable de esa maravilla. Ese era Claudio, quien fue mi primer mejor amigo. No hace falta aclarar que era un niño nuevo a quien nadie le hablaba y que era tres rayitas más nerd que todos. Vivía solamente con su papá, un académico que lo alimentaba cuando se acordaba y lo llevaba a la escuela hasta en fin de semana.
Me acerqué a él y le dije: “Hola, soy Alfonso”.
Él levantó la cara y dijo: “Yo, Claudio”.
Me reí: “Como el libro”, dije. Un libro que, por supuesto, NO había leído, pero había visto mil veces en mi casa con una escultura griega en la portada.
En ese momento me miró, de verdad me miró, como si su reacción anterior hubiera sido actuada y hasta ese momento hubiera encontrado una razón para hablar. “Exacto, como el libro”.
Me invitó a sentarme y, durante la siguiente hora, me enseñó todo sobre cómo hacer aviones de origami que sí volaban y, de remate, llevaban pasto que soltarían durante el vuelo. Fascinado, aprendí a hacer estas cosas y, al final del recreo, cual Prometeo, bajé con el resto de los humanos con la información que había robado.
Mi recreo, a partir de entonces, se dividió entre perseguir a Erika y tratar de hacer que se enamorara de mí y aprender cosas con Claudio, que siempre tenía algo nuevo que enseñarme.
Un día, en la tarde, mi mamá me llevó a jugar a casa de Claudio. Su papá abrió la puerta, sonrió, me dejó entrar y se fue a su estudio, no lo volví a ver. Claudio y yo fuimos a la biblioteca por un libro “para niños” sobre electricidad e hicimos nuestro primer circuito eléctrico. Claramente no era tan fácil como suponíamos porque, al conectarlo a la luz, el foco explotó y la casa quedó en total oscuridad.
Aún recuerdo las chispas, el susto y el silencio que reinó cuando las luces se apagaron. Pasaron unos momentos y apareció el papá de Claudio en la puerta del cuarto con una vela: “Niños, se fue la luz. Vengan conmigo a la sala mientras reviso los fusibles”. Asentimos y seguimos al papá, que fue a la caja de fusibles, cambió uno y restableció la luz. Volvió y dijo: “Solo fue un fusible” y se fue a su estudio a seguir trabajando. Claudio me dijo: “Vamos, corre, tenemos que recoger los vidrios”. El resto del tiempo lo pasamos escondiendo evidencia, aunque estoy seguro de que el papá de Claudio no se habría dado cuenta de nada aunque se hubiera cortado con el foco.
Pasaron por mí y, aunque no le conté nada a mi mamá, las siguientes reuniones “de juego” fueron en mi casa. Siempre que llegaba, tocaba la puerta y esperaba a que le preguntaran quién era para poder gritar: “¡Yo, Claudio!”




