🪴 Yo cuido mis plantas
Sobre cuidados que nadie quiere asumir y el sistema que hace como si no existieran.
La crianza de los hijos y el cuidado de los enfermos son dos actividades que socialmente hemos dejado casi exclusivamente a las mujeres y, por lo mismo, hemos invisibilizado.
Nadie quiere saber qué se tiene que hacer para ser madre o cuidadora, y mucho menos ser empático con ello.
Y aunque cada día hay más hombres comprometidos e involucrados activamente en la crianza de sus hijos, ambas actividades siguen siendo consideradas femeninas.
Quienes me conocen saben que, cuando digo que soy responsable activamente de la crianza de mi hija, no estoy mintiendo.
Y el cuidado de mi madre me tocó a mí.
Ambas acciones son poco reconocidas, pero el problema no es la falta de medallas o del reconocimiento social; el problema es la falta de apoyos sistémicos para que esto funcione de manera más eficiente.
No es sorpresa que en México existan algo así como 60 millones de personas que requieren cuidados y 32 millones que los proveen, de las cuales el 75.1% son mujeres.
Y aunque no me siento solo en mi 24.9%, sí debo hacer notar que la brecha entre el tiempo dedicado por semana es de más de 12 horas superior cuando quien cuida es una mujer.
Es decir: somos pocos, y hacemos lo mínimo.
Y a pesar de ello, más de la mitad de ellas aun así mantiene su trabajo, aunque nueve de cada diez mujeres que dejan el mercado laboral lo hacen por realizar labores de cuidado.
Los trabajos no suelen ser flexibles para que podamos ausentarnos a hacer un trámite o llevar a los hijos al trabajo.
Y mientras las cifras se acumulan en informes que pocos leen, quienes cuidamos sabemos que el sistema no alcanza ni para lo básico.
Lo aprendí en la práctica: Soren me acompañó a miles de mis clases.
Ella, siendo una miniatura, se paseaba entre las computadoras y me decía:
—Ve a ella atrás, que esos dos no entendieron nada…
Y cada vez que entraba con ella a la universidad solo recibía amor, sobre todo de los administrativos.
Era una niña hermosa y yo era “un padre ejemplar”.
Siempre pensaba que si, en lugar de ser este maestro con la hija adorable, fuera una secretaria de cualquier carrera, a la segunda vez que llegara con su hija le pedirían que buscara cómo dejar de hacerlo.
Algunos trabajos hacen lo que pueden.
En la Ibero tomé terapia de grupo para cuidadores primarios (grupo donde éramos diez mujeres y dos hombres) y recibí un infinito apoyo del área donde trabajo.
Muchos proyectos, e incluso un curso, lo terminé desde la sala de espera del hospital en las peores épocas.
Agradezco mi precaria salud mental a ese apoyo.
Guarderías, espacios de apoyo y programas piloto se agradecen como un oasis en los momentos más tristes que estas situaciones nos hacen pasar.
Pero nada es suficiente si no lo hablamos.
Si no decimos en voz alta que ¡es un trabajo de todos!
Cuidar a nuestros niños y a nuestros viejos, como mínimo.
Pero también somos responsables de nuestros discapacitados, de nuestros enfermos, de nuestros “locos”.
Sé bien que tenemos una gran parte de la generación millennial muy dañada, porque sus papás les dijeron tantas veces lo difícil que fue su vida por su culpa que lo único que desean es morir sin reproducirse —y eso está increíble—, pero eso no quita que no debemos reducir el espacio de las mujeres (que son quienes primordialmente se encargan) a criar encerradas para que ellos no escuchen llantos, berrinches o algo que incomode su (inexplicablemente) “sagrada existencia”.
Necesitamos espacios accesibles, respetuosos, pero sobre todo que la gente se baje de su encierro hedonista y deje de pensar que lo que no les pasa a ellos, no les afecta.
El bien común es el camino más rápido hacia la mejora personal.
La cultura es el camino más hermoso hacia la seguridad.
Y mientras tanto, yo sigo cuidando mis plantas.
Una enredadera que trepa la barda y un “teléfono” que cuelga del balcón. No suena, pero crece.
Hay otras macetas que arreglamos juntos hace un año, y ahora tienen riego automático, hojas brillantes y raíces fuertes.
Ya no cuido como antes. Ya no surto recetas médicas ni cargo en los hombros a mi enana.
Pero me quedó el gesto, la mirada atenta, la costumbre de ver si todo sigue en su sitio.
Cuidar me sostuvo. Y ahora, cuidar es ver crecer.
Hablemos.





Me hiciste llorar